Introducción. Nociones básicas del Teatro.

¿Qué es el teatro?

Para algunos el teatro es sólo una forma de entretenimiento, cuyo propósito es ofrecer a al público general una oportunidad de descansar y distraerse de sus asuntos cotidianos.

Cierto es que el teatro es “extra-cotidiano”, “extra-orinario”, sin embargo en sus múltiples formas actuales tiende a incluir tanto oportunidades de entretenimiento, como de reflexión e interpelación tanto del espectador como de quienes se involucran en su realización (presentación del drama).

La técnica teatral es compleja, pues se trata de generar una “realidad creada” (concepto Pirandelliano), producir un mundo con convenciones propias, que permita la experimentación del mundo intersubjetivo que permite la existencia de las cosas tal y como la conocemos, pero que se manifiesta en formas tan inesperadas que requerimos del rito escénico para personificarlo y experimentarlo.

El teatro es existencia total, donde la creación de esa realidad del personaje, el espacio, el diálogo, produce una conexión entre actores y espectadores. El hombre se representa a sí mismo, para inventarse una vez más (re-crearse), en un espacio y tiempo comprimido (intensidad dramática) que exige del intérprete el desarrollo de un oficio, el conocimiento de secretos que no puede comprender, pero a los cuáles accede por medio de una técnica (la del actor, la del director en su montaje, la del dramaturgo).

Entrar en esta dimensión expresiva y comunicacional, producir la tensión dramática (existencial) necesaria en el teatro, hace falta coraje y una doble conciencia: la individual, y la de ser parte de un colectivo.

“Es cosa de muy pocos ser independiente: éste es un privilegio de los fuertes. Y quien intente serlo sin tener necesidad, aunque tenga todo el derecho a ello, demuestra que, probablemente, no es sólo fuerte, sino temerario hasta el exceso. Se introduce en un laberinto, multiplica por mil los peligros que ya la vida trae consigo de por sí; de éstos no es el menor el que nadie vea con ojos cómo y en dónde él mismo se extravía, se aísla y es despedazado trozo a trozo por un Minotauro cualquiera de las cavernas de la conciencia” (Nietzche, en Más allá del bien y del mal).

En nuestro tiempo (primeros años del siglo XXI), en la cual se han multiplicado las tecnologías de información y comunicación, abriéndose más espacios para la comunicación de masas, se le ha dado un alto nivel de importancia a las formas de difusión de información y generación de espectáculos centradas en la distracción o diversión (la inmensa industria del entretenimiento), como si el ser humano tuviese que dedicar toda su energía e ímpetu a la producción de bienes y servicios, quedándole luego apenas aliento para divagar en torno a fáciles y ligeras visiones de una fantasía creada para el descanso.

Es por ello que decimos que es indispensable recuperar este espacio en apariencia perdido: el espacio del alma, de la conciencia (artística), de la libertad para la elección del ser, de la creación. Ello puede abrirnos a un viaje apasionante.

“Es apasionante porque anima y reivindica, en toda su profundidad espiritual y corporal, el relegado mundo de nuestra sensibilidad y de nuestros afectos, tan venidos a menos bajo el actual imperio de la tecnocracia. Y es sabiduría en el sentido en que es una virtud más íntima y menos ostensible que la inteligencia, y no se asocia, como ésta, a los problemas de la producción y del poder, aunque por eso mismo, precisamente, sea la inteligencia la que resulte hoy más atractiva para resolver las urgencias de la vida práctica. La sabiduría tiene más bien que ver con el alma, sin descartar por ello el necesario recurso de la razón” (Perán Erminy, en introducción al texto Del Alma y el Arte de Victor J. Krebs).

¿Cómo podemos entonces definir y abordar el teatro? ¿Qué es el teatro?

“El teatro es la instancia en que el arte entra en el más intenso contacto con la sociedad. Allí la poesía somete a prueba su validez, demuestra si es capaz de hablar a los hombres, de conmoverlos, de llevarlos a la reflexión o si, por el contrario, no consigue tocarlos. Presupuesto del teatro es el hecho de que la sociedad en la que surge haya alcanzado a plantear sus problemas en términos comunes a todos: tales problemas pueden así hacerse patentes y urgir su solución a través de las metáforas del arte” (Del texto El Teatro y su Crisis Actual, nota inicial de sus editores – Monteávila).

Podemos entender el teatro como recreación de la realidad, “pero la mimesis aristotélica no consiste en hacer réplicas de apariencias ni en producir imágenes sin ningún contenido trascendente ni anímico en la representación de las cosas. La mimesis es una recreación. Imitar la naturaleza es imitar la poiesis, es recrear el principio creador trascendente de la naturaleza, que se manifiesta en las cosas naturales creadas, pero más allá de sus apariencias, en la relación íntima y emotiva que se establece entre las imágenes de esas cosas y la sensibilidad de nuestro cuerpo” (Perán Erminy, en introducción al texto Del Alma y el Arte de Victor J. Krebs).

Teatro es acción, es encuentro entre espectadores y actores (esto es lo esencial en el teatro), es comunicación, es un espacio para la reflexión activa.

ASPECTOS DE UNA PIEZA TEATRAL

  • Idea.
  • Trama.
  • Personaje.
  • Diálogo.
  • Interpretación.

En el núcleo de cada pieza teatral existe un aspecto esencial, constituido por la idea que el dramaturgo desarrolla a través de la acción, o aquello que percibe el espectador en el proceso de contacto con el texto a través de la representación.

No siempre la idea está planteada de forma explícita y clara por el dramaturgo, entendiéndose que en algunos casos se trata de un conjunto de inquietudes u obsesiones que el creador refleja en su obra.

El vehículo a través del cual esta idea cobra vida es, en primer lugar, la trama. La trama es el conjunto entrelazado de situaciones (hechos, palabras, intenciones) que contienen la idea y le permiten ser percibidas por el espectador (o el lector, en caso de que no esté en situación de representación).

Existen tras aspectos fundamentales que sostienen una trama:

(1) Imitación de la vida; (2) Asombro y suspenso; (3) Acción.

El “mover la idea” es lo que genera la acción en una trama. En cierto sentido imita la vida, aunque esto no quiere decir que únicamente se trate de acceder a lo manifiesto o evidente en la existencia cotidiana, sino que como veremos, en muchas oportunidades, se ha reflejado en el teatro el movimiento de la existencia tal y como lo percibimos subjetivamente (desde el mundo interior del dramaturgo, de los personajes, del creador).

Abrirnos a la trama es también permitirnos en contacto con los personajes.

“El término personaje viene del latín per sonare. Significaba la máscara de las representaciones teatrales. La máscara determinaba tanto el gesto como el sonido que lo acompañaba. Posteriormente se ampliaría a personae para referirse a los personajes dramáticos que intervenían en el reparto. El término fue traducido del griego donde significaba el papel desempeñado por el actor, no el personaje creado por el poeta” (Paz Grillo, María, en Compendio de Teoría Teatral).

Aristóteles dice sobre el personaje en la tragedia:

“No deben exhibirse personajes virtuosos que pasen de la felicidad a la desdicha –pues esto no inspira temor ni despierta la compasión, sino que es repugnante-. Tampoco debe aparecer un personaje totalmente malvado pasando de la felicidad a la desdicha” (Paz Grillo, María, en Compendio de Teoría Teatral).

Los personajes se van descubriendo a lo largo del texto dramático, pues en sus acciones y sus diálogos van reflejando la naturaleza de su carácter. Según Aristóteles todo carácter deberá cumplir las siguientes condiciones: que su propósito sea bueno, que se adecue al personaje, que sea verosímil y uniforme (coherente).

Debemos recordar sin embargo que “con las vanguardias, se abandona el personaje concreto, individualizado en sus particulares notas sociales, familiares y biográficas, y aparecen personajes genéricos, sin antecedentes, sin historia, sin rasgos distintivos. En algunas dramaturgias, como la expresionista, carecen de nombre, son simplemente el Obrero, la Mujer. En otras, como el teatro del absurdo (por ejemplo en Beckett), sin vagabundos, tienen grandes minusvalías, o están encerrados en cubos (Final de Partida), en tinajas (Comedia), o en la arena (Días Felices). Esto es aplicable al teatro actual, donde aparecen fragmentados, difusos, faltos de objetivos, como corresponde a la percepción de un mundo sin valores, sin grandes expectativas” (Paz Grillo, María, en Compendio de Teoría Teatral).

El tipo se manifiesta como proyección personal y subjetiva, que logra configurar un individuo concreto en escena, con sus características particulares de comportamiento y expresión. En su evolución, un “tipo” o personaje puede convertirse en arquetipo, esto es, en forma que recibe las proyecciones de contenidos universales, produciendo así un Mito.

“Del tipo partimos al arquetipo, eso es lo que hace Shakespeare por ejemplo con las dudas de Hamlet. Del hombre atormentado por sus dudas y debilidades llegamos al Hamlet, y a esa pregunta que todos podemos hacernos: “¿Ser o no ser?”. (Apuntes de clase de la profesora Virginia Aponte – UCAB).

Los personajes son capaces de interpelarnos, de preguntarnos por nuestra propia existencia. Una vez creador, se vuelven independientes de su creador y, como esencias, pueden tomar al actor en su representación, darle consistencia por el tiempo reducido de la interpretación, para luego dejarlo a merced de su contingencia. El personaje es eterno y permanece, el sujeto que lo encarna (el actor) está siempre de paso.

El personaje encarna siempre un significado, y le otorga el peso de su existencia, de forma tal que no podemos dejar de escucharlo y considerarlo.

Conocemos a los personajes a través de la acción y el diálogo.

El diálogo teatral es tanto reproducción de elementos tomados de la realidad del habla, con verosimilitud (en algunos casos, en otros se rompe la coherencia con algún propósito), como encadenamiento de enunciados con valor estético. Posee una tensión interna de modo que supera la naturalidad conversacional, para producir la experiencia de un movimiento profundo de fuerzas que se contraponen, que van y vienen plenas de significado.

“La diferencia entre un intercambio conversacional de la vida real y un diálogo teatral reside en el hecho inadvertido, pero fundamental, de que todo enunciado teatral no tiene solamente un sentido, sino un efecto o, más exactamente, una acción (…) Este actuar del enunciado dramático es el elemento central de todo análisis de diálogo teatral, el cual no es una conversación (es una acción), aun cuando produce esa ilusión” (Ubersfeld, Anne, en El Diálogo Teatral).

Finalmente, entendemos que el teatro es representación, lo que implica llevar a un espacio (escenario, luces) y a unos cuerpos (voces, gestos), lo que está sobre el papel o en el interior del creador (director o dramaturgo). El teatro es esencialmente expresión, volver a presentar lo que antes era sólo una historia narrada o un pensamiento. Mostrar las imágenes que se esconden entre las palabras.

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“El arte no se concibe sino como convención. Olvidarlo ha traído como consecuencia tergiversar sus fines y su identidad, y que el público, al igual que a la creación pictórica le exige un representacionismo al que en absoluto está obligada, pida al teatro un verismo cuyo tributo sólo debe pagar libremente y no por necesidad. La ignorania de ese carácter convencional del teatro reside, para mí, en el origen de los vicios peores en los que la escena se ha desmontado: el naturalismo y la psicología a toda costa. Significa extremar las conclusiones de la preceptiva aristotélica, y hasta diría que el divorcio entre pueblo y teatro, progresivo desde el Renacimiento, se produce paralelo y acaso pendiente de esa errónea transmutación que lo dramático sufre en su esencia a ojos del espectador común.

Hoy, este espectador acepta como convencional lo que es puro accidente escénico (la duración dramática, lo pintado y hasta lo sintetizado), pero detiene ahí su tolerancia y lo más frecuente es que rehace todo aquello que, sustancialmente y por la índole propia de sus convenciones, no imite el ejemplo, la apariencia, la trama, el orden de lo que se considera necesario y, por lo tanto, no dependiente de una convención previa: la realidad nuestra de cada día. Y sin embargo, esa realidad nuestra no es sino otra convención, la universal convención de la que formamos parte, una convención si se quiere forjada por Dios consigo mismo e impuesta por él al hombre pero no absolutamente, primero porque, al crearla, le sombreó una subyacencia misteriosa donde los caminos metafísicos despuntan, doblando el orden tangible con un orden intangible en Dios cifrado; segundo, porque en el hecho de haber sido creada radica la posibilidad de haber sido creada de otro modo (…)

El arte que en ella se funda o inspira de una u otra manera, resulta así convención de convenciones, y su creador, por la norma divina, libre para sujetarlo en ese ser convencional o, mejor dicho, para abrirle los horizontes amplísimos de las subjetivas convenciones. De ahí que, fundamentalmente, el teatro sólo le quepa esta disyuntiva: o aceptar las convenciones establecidas secularmente o buscar otras nuevas, ni más ni menos lícitas que aquellas, insoslayablemente.” (GUERRERO ZAMORA, Juan. Historia del Teatro Contemporáneo. Juan Flors Editor. Barcelona, 1961).

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