Sobre Strindberg Breve

Voy a intentar el difícil ejercicio de la autocrítica, frente a un trabajo que además de presenciar desarrollé en el rol del director.

Empiezo diciendo que desde hace mucho tiempo tengo la idea de hacer algo con la dramaturgia de August Strindberg (1849-1912), ese sueco magnífico, visceral y obsesivo, que nos dejó grandes piezas con personajes complejos y situaciones oscuras que nos permiten ver lo que no queremos ver de nosotros los seres humanos.

Su reflexión se me hace pertinente e inevitable, sobre todo esto último por la conciencia trágica que se puede encontrar en sus textos. Piezas como “El Padre” y “Señorita Julia” me producen la sensación de entrar en un trance, para el acceso a otra dimensión de la realidad, como dicen los críticos: una radiografía de las cosas, los seres y los fenómenos.

Me ha parecido siempre que Strindberg hace un llamado al alma, a que ella despierte y se produzca su elevación, la limpieza de aquello que le pesa o que la mancha. El camino es de necesario sufrimiento, sólo así podemos despertar, a través del dolor; esto es lo que parece decirnos en sus obras.

Así que con todo esto en movimiento decidí abordar dos textos breves de este autor, y realizar primero el experimento de una lectura dramatizada que exigiera a los intérpretes movimiento escénico. Quizás aquí puedo reconocer mi primer desacierto: dejar el montaje a medio camino y no permitirme profundizar en ningún aspecto: ni en la lectura (ritmos, sentidos, tonos, comprensión del texto), ni en la puesta en escena. Creo que me quedé en un punto intermedio que no favoreció el resultado.

Pero así como me condeno me rescato: creo que debí asumir el experimento con mayor libertad y atrevimiento. No soy el primero que realiza una lectura dramatizada con movimiento escénico, ya hace años participé en una conducida por Juan José Martí, yo como actor de “Llueve en Barcelona”, del catalán Pau Miró; fue esa una muy buena experiencia y debo reconocerla como antecedente en esta posibilidad que concreté hace unas semanas.

Con esa referencia me metí con Strindberg, asumí el reto trabajando con estas dos piezas: “Amor de Madre” y “El Primer Aviso”, cada una con una duración de aproximadamente 35 minutos.  Como vengo afirmando, al mirar el resultado durante la presentación, entendí que me quedé a medio camino, que mi propuesta fue tímida y no produjo el impacto esperado. Es algo que espero haber aprendido.

Explico este aspecto: no permití el desarrollo de las actuaciones, sino que las contuve, llevándolas a una línea delgada que requería más tiempo de trabajo y profundidad reflexiva en el abordaje de los textos; compliqué este proceso con movimiento escénico constante, como si la palabra no fuese lo suficientemente relevante para sostener el trabajo; intenté ciertos simbolismos en el espacio escénico pero descuidando los detalles por lo que los códigos no tuvieron la fuerza necesaria.

Pero por supuesto no todos fueron desaciertos. En “Amor de Madre” vemos como una madre ha mantenido reprimida a su hija a través de engaños, y cuando una amiga de la muchacha desenmascara a la señora, aquella no se rebela, sino que maldice a aquella que le mostró la verdad por haberla liberada de su cómoda cárcel; acto seguido, decide volver a encerrarse bajo el ala de su progenitora y hacer como que nada hubiese pasado.

En esta pieza logré algo interesante con el espacio, pues encerré a la actriz que interpretó a la Hija en un cuadrado, una cárcel imaginaria que limitaba sus desplazamientos. A los otros dos personajes, Lisen y la Madre, los coloqué a los lados, dándose la espalda, mirando a lados opuestos y al mismo tiempo en posición de poder ignorar las acciones y expresiones de la reprimida. Este abordaje de la escena lo creo adecuado.

Para el trabajo de “El Primer Aviso” apareció una dinámica que me permitió darle un tono de comedia a una pieza también terrible. El movimiento escénico debía ser de aproximación y alejamiento constante, como un juego de agredir y luego acariciar, de acercar para después empujar e inmediatamente volver a halar. Todos los personajes de este trabajo se encuentran en un juego de seducción y reproches: el Señor y la Señora se aman y se odian, la adolescente Rosa quiere seducir al señor y por instantes parece lograrlo, la Baronesa se siente profunda y sinceramente atraída por el Señor. Todos ansían un encuentro que jamás se da, y eso se pudo expresar en el desplazamiento escénico.

Es claro que este es un trabajo en proceso (work in progress), y espero poder darle continuidad en los próximos meses. Creo que el “El Primer Aviso” nos hace falta profundizar en las interpretaciones, porque estos personajes son sumamente complejos, con dimensiones profundas y de distinta expresión, una paradójica manifestación de la naturaleza humana.

Aquí termino mis confesiones como director y aprendiz constante de las Artes Escénicas. Espero en el 2013 llevar a STRINDBERG BREVE a distintas universidades, para abrir un foro de discusión con estudiantes de distintas disciplinas sobre este importante dramaturgo, padre del teatro moderno y precursor de una dramaturgia naturalista y simbólica.

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